Diciembre a olía leña y esperanza.
Las navidades de mis padres, en el Olmo, se vivían con casi nada… y, aun así, lo tenían todo. Hogares calentados con lumbre, caminos helados, el olor a caldo y a ropa secándose, el aguinaldo de nueces o azúcar, los cuentos junto al fuego. No había luces, ni escaparates, ni exceso, pero sí familia, dignidad y una alegría sencilla que hoy parece un tesoro perdido. Lo demás, regalos, adornos y consumismo, llegaría después uniformando los gustos. Hasta entonces la Navidad era un asunto de gente pobre que sabía que el milagro no estaba en los paquetes de colores, sino en sacar a la familia adelante un año más.
