Hoy apenas lleva agua; en 1962 cubrió campos y corrales en los pueblos de la Guareña zamorana.
Hoy el río Guareña parece un río cansado. Quien se acerque a su cauce en muchos tramos verá apenas un hilo de agua, a veces ni eso. El río discurre débil, exangüe, como si hubiese sido vaciado lentamente. Los regadíos, las captaciones y las transformaciones del campo han ido restándole pulso hasta dejarlo, en muchos lugares, reducido a un cauce estrecho y silencioso.