Hoy apenas lleva agua; en 1962 cubrió campos y corrales en los pueblos de la Guareña zamorana.
Hoy el río Guareña parece un río cansado. Quien se acerque a su cauce en muchos tramos verá apenas un hilo de agua, a veces ni eso. El río discurre débil, exangüe, como si hubiese sido vaciado lentamente. Los regadíos, las captaciones y las transformaciones del campo han ido restándole pulso hasta dejarlo, en muchos lugares, reducido a un cauce estrecho y silencioso.
Cuesta
imaginar que este mismo río, aparentemente inofensivo, fue capaz de levantar su
voz con fuerza.
1961
fue un año especialmente lluvioso. En noviembre Sevilla sufrió una gran
inundación. A finales de diciembre de 1961, un temporal con abundantes lluvias,
que duró dieciocho días, provocó un deshielo acelerado. Los cauces de los ríos aumentaron
de forma alarmante, provocando graves inundaciones en varias provincias
Castellanas. Valladolid, Palencia, Zamora.
El Guareña creció con una determinación que
sorprendió a toda la comarca. Nadie olvidará la Nochevieja de aquel año. El 31 de diciembre el río se desbordó y la
vega se convirtió en una extensión de agua que avanzó lentamente hacia los
pueblos.
Los
habitantes de la Guareña zamorana vieron cómo el paisaje habitual desaparecía
bajo la inundación. Las tierras de labor quedaron sumergidas, los caminos se
volvieron intransitables, casas y corrales empezaron a llenarse de agua.
En
Vadillo de la Guareña, la crecida ocupó zonas bajas. Los
accesos quedaron cortados durante horas. Veintitrés casas habitadas y cinco
corrales se derrumbaron y los vecinos tuvieron que improvisar soluciones para
moverse por calles anegadas.
En
Vallesa de la Guareña,
los testimonios de la época hablan de calles convertidas en barrizales y de la
preocupación por el ganado y por las cosechas que apenas habían comenzado su
ciclo. Una casa se derrumbó.
Más
pequeño y discreto, Olmo de la Guareña
sufrió el mismo destino. El agua cubrió huertas y praderas cercanas al río. No
hubo tragedias humanas. El puente se derrumbó y una casa tuvo que ser
desalojada. Pero el golpe para la economía campesina fue profundo.
La prensa de comienzos de 1962 describía la
situación: campos anegados, pueblos parcialmente aislados y agricultores que
contemplaban
con resignación el daño causado por el agua.
Hoy,
más de sesenta años después, el Guareña parece otro río. Su cauce reducido y su
caudal irregular hacen difícil imaginar aquella escena de 1961.
Sin
embargo, la memoria de las riadas nos recuerda algo esencial: los ríos no
desaparecen del todo.
El
rio que da nombre a la comarca y apellido a nuestro pueblo, sigue ahí.



Yo tengo una propiedad que se cayó por una crecida del río.
ResponderEliminarPues tiene que ser la casa de la Señora Clara
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Porque el otro edificio que se llevó el río es mío.
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