El Olmo: memoria escrita en sus calles.
Hay pueblos que se recorren a pasos, y otros que se recorren a través de los nombres de sus calles.
El Olmo de la Guareña pertenece a estos últimos.
No hace falta mapa. Basta levantar la vista y leer las placas en las esquinas. En ellas, hay paisaje, hay pequeñas pistas de lo que fuimos y de lo que todavía somos.
Hemos visto la Calle larga que no es solo una medida, es la que vio pasar generaciones enteras, procesiones, carros cargados.
La Calle del Rosal; que huele a junio incluso en invierno. Y uno se imagina el rosal que ya no está, pero sigue floreciendo en el nombre.
La Calle Alta de donde bajaba un olor tibio a pan recién hecho. Un aroma que despertaba más que cualquier campanada.
La Ronda del Caño; una invitación a rodear el pueblo sin salir nunca de él. Allí donde hubo agua, hubo vida. El caño fue punto de encuentro. Allí se llenaban cántaros y se compartían novedades. Era punto de encuentro.









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